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domingo, 6 de agosto de 2017

Oswald Spengler - Años Decisivos (2)



     Habiendo publicado en Enero de 2015 en castellano la cuarta parte de cuatro del libro del filósofo alemán Oswald Spengler "Años Decisivos" (Jahre der Entscheidung, 1933), presentamos aquí tres capítulos de su tercera parte (10, 11 y 13), tomados de la traducción que realizara en 1934 Luis López-Ballesteros. En estos textos el señor Spengler se enfoca en los antecedentes de la que llama "revolución desde abajo", en la disolución de la sociedad desde dentro, y certifica que la marxista "lucha de clases" y su concepto se verificaron en Europa tras la agonía del período barroco, y tras la Revolución Industrial, proceso de descomposición que ha seguido desarrollándose desde entonces. Creemos que ésta es sin duda una obra fundamental de Spengler por la claridad con que expone sus ideas. Agreguemos que circula una edición de esta obra en castellano atribuída su traducción a otra persona, pero no es más que una paráfrasis y sustitución de adjetivos del trabajo de López-Ballesteros.




10. La «Revolución desde Abajo». La Época de los Gracos en Roma


     Tal es el aspecto de la Era de las guerras mundiales en cuyos comienzos ahora nos hallamos. Pero detrás emerge el segundo elemento de la tremenda subversión: la Revolución Mundial. ¿Qué quiere?. ¿En qué consiste?. ¿Qué significa en su trasfondo tal concepto? Su contenido pleno es hoy tan poco comprendido como el sentido histórico de la primera guerra mundial, tan inmediata aun a nosotros. No se trata de la amenaza a la economía mundial por el bolchevismo de Moscú, como cree la mitad de nosotros, ni tampoco de la «liberación» de la clase trabajadora, como opina la otra mitad. Éstas son sólo cuestiones superficiales. Ante todo, esta revolución no es sólo una amenaza, sino que estamos ya plenamente en ella, y no desde ayer y hoy sino desde hace más de un siglo. Cruza la lucha «horizontal» entre los Estados y naciones, con la lucha vertical entre las clases dirigentes de los pueblos Blancos y las demás; y al fondo ha comenzado ya la segunda parte, mucho más peligrosa, de esta revolución: el ataque contra los Blancos en general por parte de la masa conjunta de la población de color de la Tierra, la cual va lentamente adquiriendo conciencia de su comunidad.

     Esta pugna no se desarrolla tan sólo entre las distintas clases de hombres sino más allá, entre los estratos de la vida anímica y hasta en el hombre individual. Casi todos nosotros entrañamos esta discordia entre el sentir y el pensar. Por eso son tan pocos los que llegan a darse clara cuenta de en qué lado están realmente. Pero precisamente este hecho demuestra la necesidad interior de tal decisión, que va mucho más allá del deseo personal y de la acción personal. Con los lemas nacidos de la moda dominante del pensamiento —bolchevismo, comunismo, lucha de clases, capitalismo y socialismo—, con los cuales todo el mundo precisamente inscrita la cuestión, porque no es capaz de ver el trasfondo de las cosas, se adelanta aquí muy poco. Lo mismo ha sucedido en todas las culturas pasadas al llegar éstas al mismo grado, por poco que sea lo que en detalle sepamos de ello.

     Pero de la Antigüedad sabemos bastante. La culminación del movimiento revolucionario se ubica en la época que se extiende desde Tiberio y C. Graco hasta Sila; pero la lucha contra la clase dirigente y contra toda su tradición comenzó un siglo entero antes con C. Flaminio, cuya ley agraria del año 232 ha sido acertadamente señalada por Polibio (II, 21) como el comienzo de la desmoralización de la masa popular. Esa evolución sólo pasajeramente fue interrumpida y desviada por la guerra contra Aníbal, a cuyo término ya fueron incorporaron esclavos al «ejército de ciudadanos».

     Desde el asesinato de los dos Gracos —y de su gran adversario, Escipión el Joven— los poderes conservadores del Estado, de vieja tradición romana, se desvanecen rápidamente. Mario, procedente del bajo pueblo y ni siquiera oriundo de Roma, formó el primer ejército no basado en el servicio militar obligatorio sino integrado por voluntarios adeptos a su persona, e intervino con él sangrienta y brutalmente en las cuestiones internas de Roma. Los antiguos linajes, en los que se fomentaban desde siglos atrás las dotes del estadista y la conciencia moral del deber, y a los cuales debía Roma su posición como potencia mundial, fueron en buena parte exterminados. El romano Sertorio intentó fundar en España, con las tribus bárbaras de aquel país, un anti-Estado, y Espartaco sublevó a los esclavos de Italia para la destrucción del mundo romano. La guerra contra Yugurta y la conspiración de Catilina revelaron la decadencia de las mismas clases imperantes, cuyos elementos desarraigados estaban en todo momento prontos a pedir auxilio tanto al enemigo como al populacho del Foro para que defendiesen sus sucios intereses de dinero.

     Salustio tiene plena razón: por el dinero, que la plebe codiciaba tanto como los ricos especuladores, se hundieron el honor y la grandeza de Roma, su raza y su idea. Pero —lo mismo que hoy— esa masa urbana, venida de todos lados, no fue movilizada y organizada desde adentro hacia afuera para conquistar su «derecho» a gobernarse a sí misma y lograr su «libertad» venciendo la opresión de las clases dominantes, sino como medio para los fines de políticos comerciantes y revolucionarios de profesión. De esos círculos surgió la «dictadura de abajo» como última consecuencia necesaria de la anarquía democrática radical, tanto entonces como ahora. Polibio, que poseía experiencia de hombre de Estado y una aguda visión de la marcha de los acontecimientos, lo previó así con seguridad treinta años antes de Cayo Graco:

     «Cuando ambicionan altos empleos del Estado y no pueden obtenerlos por sus méritos y talentos personales, derrochan dinero, seduciendo y atrayéndose a la masa por todos los medios posibles. La consecuencia es que ese arribismo político acostumbra al pueblo a recibir regalos y le infunde un ansia de dinero obtenido sin trabajar. Con ello perece la democracia y es substituída por la violencia y el derecho de los puños. Pues, en cuanto la multitud, acostumbrada a vivir de la propiedad ajena y a fundar la esperanza de su sustento en la fortuna de los demás, encuentra un caudillo ambicioso y decidido, pasa al empleo del poder de sus puños. Y entonces, aglomerándose, asesina, saquea y hace suya la propiedad de los demás, hasta que, totalmente corrompida, cae en poder de un dictador ilimitado» (VI, 9),

     «Pero la verdadera catástrofe será provocada por la masa cuando se estime perjudicada por el ansia de dinero de los unos, en tanto que la ambición de los otros, halagando su vanidad, la induzca a sobreestimarse. Se alzará furiosa, no prestará ya oídos más que a la pasión en toda clase de negociaciones, y no obedecerá a los que llevan las riendas del Estado; ni siquiera les reconocerá iguales derechos, sino que exigirá en todo y para todo el derecho a decidir. Llegadas las cosas a este punto, el Estado se adornará con los nombres más bellos, los de "libertad" y "gobierno del pueblo por sí mismo"; pero en realidad habrá recibido la peor forma: la oclocracia, la dictadura de la plebe» (VI, 57).

     Esa dictadura no es hoy ya sólo una amenaza suspendida sobre los pueblos Blancos, sino que nos hallamos bajo su pleno imperio, y tan honda y evidentemente, que ni siquiera lo notamos. La «dictadura del proletariado», esto es, de sus usufructuarios, de las organizaciones obreras y de los hombre de partido de todos los órdenes, es un hecho consumado, sea que los gobiernos estén formados por ellos o dominados por ellos debido al miedo de la «burguesía». Tal era lo que Mario se proponía; pero fracasó a causa de su total carencia de dotes de estadista. Su sobrino César sí las poseía en cambio, y puso fin a la temible Era revolucionaria con su forma de la «dictadura de arriba», que substituyó la anarquía partidista con la autoridad ilimitada de una personalidad superior, forma a la que dio para siempre su nombre. Su asesinato y las consecuencias del mismo no pudieron ya cambiar nada. A partir de él, las luchas no fueron ya ni por dinero ni por la satisfacción del odio social sino tan sólo por la posesión del poder absoluto.

     Con la lucha entre el «capitalismo» y el «socialismo» no tiene esto nada que ver. Por el contrario: la clase de los grandes financieros y especuladores, los equites romanos, nombre que desde (Theodor) Mommsen es erróneamente traducido por el de «caballeros», se entendieron siempre muy bien con la plebe y con sus organizaciones, los clubes electorales (sodalicia) y las bandas armadas, como las de Milón y Clodio. Daban el dinero para las elecciones, los motines y los sobornos, y C. Graco les entregó en cambio, para su ilimitada explotación bajo la protección del Estado, las provincias, en las cuales difundieron la más espantosa miseria con sus depredaciones y sus negocios usureros, y vendiendo como esclavos a los pobladores de ciudades enteras. Además de ello, proveía con ellos a los tribunales de justicia, en los cuales podían juzgar sus propios delitos y absolverse mutuamente. A cambio de eso se le prometieron todo, pero lo abandonaron y dejaron venirse abajo sus reformas, seriamente planeadas, en cuanto pusieron a seguro su propio provecho.

     Esa alianza entre la Bolsa y el sindicato existe hoy igual que entonces. Está basada en la evolución natural de tales épocas, porque surge del odio común contra la autoridad del Estado y contra los directores de la economía productora, que se oponen a la tendencia anarquista a ganar dinero sin esfuerzo. Mario, políticamente un pobre necio, como tantos populares jefes de partido, y sus satélites Saturnino y Cinna, no pensaban de otro modo que Graco, y por eso Sila, el dictador del lado nacional, después del asalto de Roma, hizo entre los financieros una terrible carnicería, de la cual no se repuso jamás dicha clase. Desde César desaparece completamente de la Historia como elemento político. Su existencia como poder político se hallaba íntimamente enlazada a la época de la anarquía democrática partidista y no la ha sobrevivido.



11. No Económica sino Urbana: Disolución de la Sociedad


     Esa revolución, que duró más de un siglo, no tiene en si trasfondo nada que ver con la «economía». Es un largo período de descomposición de la vida total de una cultura, comprendida la cultura misma como cuerpo viviente. La forma interior de la vida decaece, y con ella la fuerza de exteriorizarla, una vez madurada hasta la última culminación de sus posibilidades, por medio de obras creadoras, cuyo conjunto constituye la historia de los Estados, las religiones y las artes. El individuo, con su existencia privada, sigue la marcha de la totalidad. Su acción, su conducta, su voluntad, su pensamiento y su experiencia constituyen necesariamente un elemento, por mínimo que sea, de esa evolución. Si esto lo confunde con meras cuestiones económicas, ello es ya un signo del desmoronamiento que se produce también en su interior, ya sea que lo advierta y lo reconozca, o no.

     Es evidente que las formas económicas son cultura en el mismo grado que los Estados, las religiones, los pensamientos y las artes. Pero a lo que se apunta no es a las formas de la vida económica, las cuales nacen y se extinguen independientemente de la voluntad humana, sino al producto material de la actividad económica, el cual se equipara hoy, sin más ni más, al sentido de la cultura y de la Historia, y cuya disminución se considera, de un modo plenamente materialista y mecanicista, como «causa» y contenido de la catástrofe mundial.

     El escenario de esta revolución de la vida, y al mismo tiempo su «razón» y su expresión, es la gran urbe, tal como ésta comienza a formarse en la declinación de todas las culturas. En este mundo pétreo y petrificante se aglomera, en proporción siempre creciente, pueblo desarraigado, sustraído al agro campesino; «masa» en un temible sentido; humana arena informe con la que pueden, sin embargo, amasarse productos artificiales y, por tanto, efímeros: partidos, organizaciones proyectadas conforme a programas e ideales, pero en los que se han extinguido las fuerzas del crecimiento natural saturado de tradición por la secuencia de las generaciones, y sobre todo la fertilidad natural de toda vida, el instinto de duración de las familias y las razas.

     La abundancia de hijos, señal primera de una raza sana, se hace molesta y ridícula. Es éste el signo más grave del «egoísmo» de los hombres de las grandes urbes, átomos independizados; del egoísmo, que no es la antítesis del colectivismo actual —no hay entre ambos diferencia alguna; un conglomerado de átomos no es más viviente que un átomo solo—, sino la antítesis del instinto de pervivir en la sangre de la progenie, en el cuidado creador de la misma y en la duración de su nombre. En cambio, brota en cantidad inverosímil la inteligencia desolada, floración única y mala hierba del empedrado urbano. La cual no es ya la profunda sabiduría ahorrativa de las viejas estirpes campesinas, que se mantiene verdadera en tanto que duran las estirpes de las que forma parte, sino el mero espíritu cotidiano, el de los diarios, de la literatura del momento y de los mítines, el espíritu sin sangre, que roe con su crítica cuanto de cultura auténtica, brotada y crecida, queda aún vivo y en pie.

     Pues la cultura es una planta. Cuanto más perfectamente representativa  es una nación de la cultura, entre cuyas más nobles creaciones se cuentan siempre los pueblos mismos de cultura; cuanto más decisivamente corresponden su estructura y su cuño al estilo de una cultura auténtica, más ricamente articulado en clases y categorías aparece su crecimiento, con respetuosas distancias desde la población campesina arraigada en la tierra hasta las clases dirigentes de la sociedad urbana. En esta articulación la altura de la forma, de la tradición, la crianza y las costumbres, la superioridad innata de los linajes, los círculos y las personalidades dirigentes significan la vida, el destino de la totalidad. Una sociedad en este sentido permanece a salvo de las clasificaciones y las imágenes optativas meramente intelectuales, o, si no, deja de ser.

     Una sociedad se compone ante todo de órdenes de categorías y no de «clases económicas». Este punto de vista materialista inglés, que desde Adam Smith se ha desarrollado a partir del racionalismo creciente y con él, y ha sido incluído por Marx, hace casi cien años, en un sistema superficial y cínico, no se ha hecho más exacto por haber sido puesto en práctica y regir en el momento actual el pensamiento, la visión y la voluntad de los pueblos Blancos. Es un signo de la decadencia de la sociedad, y nada más.

     Ya antes de finalizar el presente siglo se preguntarán con asombro las gentes cómo esta valoración de las formas y los grados sociales según la condición de «patrono» u «obrero», o sea, según la cantidad de dinero que el individuo tiene o quiere tener como fortuna, renta o salario, pudo ser siquiera tomada en serio; con arreglo a la cantidad de dinero, y no a la manera —enlazada a la clase a la que el individuo pertenece— en que la misma fue adquirida y constituída en propiedad auténtica. Éste es el punto de vista del proletario y del parvenu que, en último fondo, son el mismo tipo, la misma planta del empedrado de las grandes urbes, desde el ladrón y el agitador callejero hasta el especulador en Bolsa y el político de partido.

     Pero «sociedad» significa tener cultura, tener forma hasta en el rasgo más mínimo de la actitud y del pensamiento; forma constituída por una larga crianza de generaciones enteras, por costumbres severas y una rígida concepción de la vida, que penetran la existencia conjunta con mil deberes y vínculos nunca exteriorizados y sólo rara vez emergentes en la conciencia, pero que constituyen con ello, a todos los hombres comprendidos en su radio, en una unidad viviente, más allá muchas veces de las fronteras nacionales, como la nobleza de las Cruzadas y la del siglo XVIII. Esto es lo que determina la jerarquía y lo que se llama «tener mundo», y lo que ya entre las razas germánicas era designado, casi místicamente, con el nombre de Honor. Ese honor era una fuerza que penetraba la vida entera de las generaciones. El honor personal era sólo el sentimiento de la responsabilidad incondicional del individuo en cuanto al honor de clase, al honor profesional y al honor nacional. El individuo convivía la vida de la comunidad, y la existencia de los demás era también la suya. Lo que él hacía implicaba la responsabilidad de todos, y por entonces un hombre no moría tan sólo espiritualmente cuando su sentimiento del honor o el de los suyos era mortalmente herido por culpa suya o ajena.

     Todo lo que se llama deber, la premisa de todo derecho auténtico, la sustancia básica de toda costumbre distinguida, procede del honor. La gleba tiene su honor como todo oficio, como el comerciante y el oficial, el funcionario y las viejas estirpes principescas. Quien no lo tiene, quien «no da valor ninguno» al decoro ante sí mismo como ante sus semejantes, es ordinario. Ésta es la antítesis de la distinción en el sentido de toda sociedad auténtica, y no la pobreza, la falta de dinero, como lo juzga la envidia de los hombres de hoy, después que se ha perdido todo instinto de la vida distinguida y de la sensibilidad distinguida y se ha hecho igualmente plebeyas las maneras públicas de todas las «clases» y de todos los «partidos».

     En la antigua sociedad distinguida de Europa occidental, que a finales del siglo XVIII alcanzó, en cuanto a elevación de la vida y finura de las formas, algo que no podía ya ser superado, y que en algunos rasgos incluso comenzaba ya a ser quebradizo y morboso, brotó y creció aún, de los años '40 a los '50, la victoriosa burguesía anglo-puritana, que tenía la ambición de equipararse en su manera de vivir a la alta nobleza y, a ser posible, fundirse con ella. En esto, en la incorporación continua de nuevas corrientes de vida humana, se muestra la energía de las antiguas formas crecidas de un modo natural.

     Los plantadores de la América del Sur española y de la América del Norte inglesa constituían ya desde mucho atrás una aristocracia conforme al modelo de los Grandes de España y los Lords ingleses. La aristocracia norteamericana fue aniquilada en la guerra civil de 1861-1865 y sustituída por los parvenus [nuevos ricos] de Nueva York y Chicago con la jactancia de sus millones. Todavía después de 1870 la nueva burguesía alemana creció dentro de la severa concepción de vida del oficial y el funcionario prusianos. Pero tal es la premisa de la existencia social: aquello que por sus capacidades y por su fuerza interior se eleva a estratos superiores, tiene que ser educado y ennoblecido por el rigor de la forma y la incondicionalidad de las costumbres para representar y transmitir en adelante y por sí mismo, en sus hijos y nietos, dicha forma. Una sociedad viva se renueva incesantemente con sangre preciosa que afluye a ella desde abajo y de fuera.

     La fuerza interior de la forma viva es probada por su capacidad de acoger, afinar e igualar, sin perder en seguridad. Pero en cuanto esa forma de la vida deja de ser evidente, en cuanto da siquiera oídos a la crítica sobre su necesidad, está acabada. Se pierde la percepción de la necesidad de la articulación que señala a cada orden de hombre y de actividad humana su categoría en la totalidad, esto es, el sentido de la necesaria desigualdad de las partes, la cual no es otra cosa que la estructura orgánica. Se pierde la conciencia serena de la propia categoría y se olvida la norma de aceptar la subordinación como cosa natural; y en el mismo grado, sólo como consecuencia de ello, olvidan las clases inferiores prestar tal subordinación y reconocerla como cosa necesaria y justificada. También en esta área, como en todas, la revolución es iniciada desde arriba, para dejar luego su lugar a revueltas de abajo.

     Los derechos «generales» se han otorgado siempre a aquellos que nunca habían pensado en demandarlos. Pero la sociedad reposa en la desigualdad de los hombres. Es ello un hecho natural. Hay seres vigorosos y débiles, llamados a ser caudillos y los totalmente incapaces de serlo, creadores y estériles, honrados, perezosos, ambiciosos y conformes. Cada uno tiene su lugar en la ordenación del todo. Cuanto más importante es una cultura, cuanto más se aproxima su estructura a la de un noble cuerpo animal o vegetal, mayores son las diferencias de los elementos constructivos, las diferencias, no las oposiciones, pues éstas sólo luego son introducidas por la razón. A ningún servidor de una casa grande se le ocurre considerar como su igual a un campesino, y ningún obrero especializado consiente que sus peones y ayudantes lo traten de igual a igual. Éste es el sentimiento natural de las circunstancias humanas.

     La «igualdad de derechos» es contra la Naturaleza, es un indicio de la degeneración de sociedades senescentes, es el comienzo de su desmoronamiento incontenible. Es tontería intelectual querer sustituír con algo distinto la estructura de la sociedad, crecida a través de los siglos y afirmada por la tradición. No es posible sustituír la vida por otra cosa. A la vida sigue sólo la muerte.

     Y así se piensa realmente en último fondo. No se quiere transformar y mejorar, sino destruír. De toda sociedad caen al fondo constantemente elementos degenerados, familias gastadas, miembros decaídos de altos linajes, fracasados e inferiores en alma y en cuerpo; véanse si no las figuras de los asistentes a los mitines, tabernas, manifestaciones y motines; en algún modo son todos abortos de la Naturaleza; gentes que en vez de raza vigorosa en su cuerpo sólo llevan en su cabeza reivindicaciones de pretensos derechos y ansia de venganza por su vida fracasada, y en los cuales es la boca la parte más importante del cuerpo. Es la hez de las grandes ciudades, el verdadero populacho, el mundo abisal en todo sentido, que en todas partes se forma en contraposición consciente al gran mundo y al mundo distinguido: bohemia política y literaria, nobles decaídos como Catilina y Felipe Igualdad, duque de Orleáns; universitarios fracasados, aventureros y especuladores, delincuentes y prostitutas, vagos y débiles mentales, mezclados con un par de tristes soñadores apasionados por ideales abstractos cualesquiera. Los une un impreciso sentimiento de venganza por una mala suerte cualquiera que estropeó su vida, la carencia de todo instinto del honor y el deber, y un ansia desenfrenada de conseguir dinero sin trabajar y derechos sin deberes.

     De esta nube de mismas surgen los héroes de un día de todos los movimientos del populacho y de los partidos radicales. Allí recibe la palabra «libertad» el sentido sangriento de las épocas declinantes. Lo que se quiere es la liberación de todos los vínculos de la cultura, de toda especie de moral y de forma, de todos los hombres cuya actitud en la vida se siente, con sorda furia, superior. La pobreza soportada orgullosamente y en silencio, el cumplimiento callado del deber, la abnegación al servicio de una misión o una convicción, la grandeza en la aceptación de un destino, la fidelidad, el honor, la responsabilidad y el rendimiento; todo esto es un reproche constante para los «humillados y ofendidos».

     Pues, repitámoslo, la antítesis de «distinguido» no es «pobre», sino «ordinario». El bajo pensar y sentir de este mundo abisal se sirve de la masa desarraigada, insegura ya en todos sus instintos, de las grandes ciudades, para alcanzar sus fines y placeres propios de destrucción y de venganza. Por eso se inyectan a esa masa perpleja, en discursos y escritos constantes, una «conciencia de clase» y un «odio de clase»; por eso se la describen, subvirtiendo su verdadera significación, las clases dirigentes, los «ricos» y los «poderosos», como criminales y explotadores, ofreciéndose luego a ella, los que así actúan, como redentores y caudillos.

     Todos los «derechos del pueblo», engañosa lisonja racionalista lanzada por los de arriba, producto de su conciencia enferma y de su pensamiento incontinente, son luego reclamados abajo como evidentes por los «desheredados», mas nunca para el pueblo, pues siempre fueron otorgados a quienes no habían pensado en exigirlos ni sabían qué hacer con ellos. Y realmente no debían ser otorgados al «pueblo», pues no estaban destinados a él, sino a la hez de los que se llaman a sí mismos «representantes del pueblo», la cual forma entonces un mentidero de partidos radicales, que hace su profesión de la lucha contra los poderes estructuradores de la cultura y emancipa a la masa con el derecho al sufragio, la libertad de Prensa y el terror.

     Nace así el nihilismo, el odio abisal del proletario contra toda clase de forma superior, contra la cultura como conjunto de las mismas y contra la sociedad como su substrato y su resultado histórico. Que alguien tenga forma, que la domine, que se sienta bien en ella mientras que el hombre ordinario la siente como una atadura; que el tacto, el gusto y el sentido de la tradición sean cosas que forman parte del patrimonio hereditario de las culturas superiores y presupongan una educación; que haya círculos en los que el sentimiento del deber y la abnegación no sean ridículos sino motivos de distinción, los llena de un sordo furor, que en épocas anteriores se agazapaba en un rincón y espumarajeaba allí a la manera de Tersites, pero que hoy se extiende amplia y generalmente, como concepción del universo, sobre todos los pueblos Blancos.

     Pues la época misma se ha tornado «ordinaria», y la mayoría de los hombres no saben hasta qué punto ellos mismos lo son. La ordinariez de todos los Parlamentos, la inclinación general a participar en negocios poco limpios, cuando prometen dinero sin trabajo; el jazz y los bailes negroides como expresión psíquica de todos los círculos; el maquillaje de prostitutas, adoptado por todas las mujeres; la manía de los literatos de ridiculizar en novelas y obras teatrales, con el aplauso general, las severas opiniones de la sociedad distinguida, y el mal gusto, extendido hasta la alta nobleza y hasta las viejas familias soberanas, de libertarse de toda coerción social y de toda vieja costumbre, demuestran que la plebe ha llegado a ser la que da el tono. Pero mientras arriba sonríen de la forma distinguida y de las viejas costumbres, porque no las llevan ya dentro como imperativos y sin sospechar que se trata de ser o no ser, desencadenan abajo el odio que quiere aniquilamiento y la envidia de todo lo que no es a todos accesible, de todo lo que sobresale y ha de ser hundido.

     No sólo la tradición y la costumbre, sino toda clase de cultura afinada, la belleza, la gracia, el gusto en el vestir, la seguridad en las formas de trato, el lenguaje selecto, la actitud retenida, que delata educación y autodisciplina, exasperan a la sensibilidad ordinaria. Un rostro de facciones distinguidas, un pie esbelto que pisa con ligereza y elegancia, contradicen toda democracia. El otium cum dignitate en lugar del espectáculo de los combates de boxeo y las carreras de los seis días, la afición perita y documentada a las artes nobles y a la poesía añeja, hasta el recreo en un cuidado huerto con bellas flores y frutas raras, excita al incendio y a la destrucción. La cultura, en su superioridad, es el enemigo. Porque sus creaciones no son a todos comprensibles, porque no todos pueden asimilarlas, porque no están ahí «para todos», tienen que ser destruídas.

     Y ésta es la tendencia del nihilismo: no se piensa en educar a la masa llevándola a la altura de la cultura auténtica; ello es labor ardua y penosa, para la cual faltan quizá ciertas premisas. Por el contrario: el edificio de la sociedad debe ser arrasado hasta el nivel de la plebe. Debe regir la igualdad general: todo debe ser igualmente ordinario. La misma manera de agenciarse dinero y de gastarlo en el mismo género de diversiones: panem et circenses —no se necesita más ni se comprende más—. La superioridad, el gusto, las buenas maneras y toda clase de categoría interior, son un delito. Las ideas éticas, religiosas y nacionales, el matrimonio para tener hijos, la familia y la soberanía del Estado, son cosas pasadas de moda y reaccionarias. El cuadro de las calles de Moscú muestra la meta; pero no hay que engañarse: no es el espíritu de Moscú el que en esto ha vencido.

     El bolchevismo tiene su casa en Europa occidental, y ello precisamente desde que la concepción anglo-materialista del universo adoptada por los círculos que Voltaire y Rousseau frecuentaron como alumnos estudiosos halló una expresión eficaz en el jacobinismo del continente. La democracia del siglo XIX es ya bolchevismo, sólo que no poseía aún el valor de admitir sus últimas consecuencias. Desde la toma de la Bastilla y la guillotina promotora de la igualdad general hasta los ideales y las barricadas de 1848, el año del Manifiesto Comunista, no hay más que un paso, y sólo otro desde este último punto al derrocamiento del zarismo de estructura occidental. El bolchevismo no nos amenaza ya, nos rige. Su igualdad es la equiparación del pueblo a la plebe, su libertad es la liberación de la cultura y de su sociedad.




13. La Lucha de Clases Comienza Alrededor de 1770


     Con esto quedan sentadas las premisas necesarias para diseñar en toda su amplitud, sus fines, su duración y su evolución lógica, la revolución «Blanca», cosa que nadie ha osado hasta ahora y que acaso no era tampoco posible antes de que tal revolución entrara, con las consecuencias de la primera guerra mundial, en sus décadas decisivas. El escepticismo, la premisa de la visión histórica, para la visión de la Historia desde arriba —así como el desprecio a los hombres es la premisa necesaria de su conocimiento profundo— no está en el principio de las cosas.

     Esta revolución no comienza con el socialismo materialista del siglo XIX, y mucho menos con el bolchevismo de 1917. Está «en permanencia» —para usar una de sus expresiones habituales— desde mediados del siglo XVIII. Por entonces, la crítica racionalista, que se llamaba a sí misma, orgullosamente, Filosofía de la Ilustración, comenzó a volver su actividad destructora, desde los sistemas teológicos del cristianismo y desde la concepción del universo tradicional entre las gentes cultas, que no era sino teología sin la voluntad de constituír un sistema, a los hechos de la realidad, al Estado, a la sociedad y, por último, a las formas crecidas desde la economía. Comenzó a vaciar de su contenido histórico los conceptos de pueblo, derecho y gobierno y dio, de un modo plenamente materialista, a la diferencia de pobre y rico, la forma de una oposición moral afirmada como medio de agitación más que honradamente creída.

     A esta área pertenece la Economía Política, fundada, como ciencia materialista, alrededor de 1770 por Adam Smith en el círculo de Hartley, Priestley, Mandeville y Bentham, y que se permitió considerar a los hombres como accesorios de la situación económica y «explicar» la Historia partiendo de los conceptos de precio, mercado y mercancía. De él procede la interpretación del trabajo, no como profesión y contenido de la vida, sino como mercancía con la cual comercia el trabajador. Todas las pasiones y todos los rasgos creadores de las personalidades y las razas vigorosas, que informan la Historia, fueron olvidados: la voluntad enderezada hacia el mando y el gobierno, hacia el poder y el botín, el impulso inventivo, el odio, la venganza, el orgullo por la fuerza propia y de sus éxitos, y, del otro lado, la envidia, la pereza y los sentimientos venenosos de los inferiores. Quedan sólo las «leyes» del dinero y del precio, que encuentran su expresión en estadísticas y curvas gráficas.

     Junto a esto se inicia el flagelantismo de la sociedad declinante, demasiado ingeniosa ya, que aplaude su propio escarnio: Las Bodas de Fígaro del señor «de» Beaumarchais, representadas contra la prohibición del rey en el palacio de Gennevilliers ante la nobleza cortesana sonriente; las novelas del señor «de» Voltaire, devoradas en los círculos más aristocráticos, desde Londres a Petersburgo; los dibujos de Hogarth; los Viajes de Gulliver, y Los Bandidos y Cábalas y Amor de Shiller, únicas obras geniales de la poesía revolucionaria, lo demuestran así con su público, que no pertenecía en modo alguno a las clases bajas. Lo que se escribía en los círculos mismos, «saturados de ingenio», de la alta sociedad, las cartas de lord Chesterfield, las Máximas del duque de Larochefoucauld, el Système de la Nature del barón de Holbach, era, fuera de ellos, ininteligible, a causa ya de su ingeniosa redacción, aparte de que el saber leer y escribir no era general siquiera en las clases medias.

     En cambio, los demagogos profesionales del mundo abisal urbano, que sólo sabían lanzar discursos y escribir libelos, comprendieron muy bien que de aquellos escritos podían extraerse frases excelentes para la agitación de las masas. En Inglaterra los trastornos comenzaron en 1762 con el caso Wilkes, condenado una y otra vez por ofensas al Gobierno en la Prensa, y una y otra vez elegido miembro de la Cámara Baja. En los mítines y en los motines preparados (riots), el grito con el que se pedía la libertad de Prensa, el sufragio general e incluso la República, era «Wilkes y libertad».

     Por entonces escribió Marat, en Inglaterra y para los ingleses, su primer libelo: The Chains of Slavery (1774). La sublevación de las colonias estadounidenses (1776), su Declaración de los Derechos del Hombre y su constitución en república, sus árboles de la libertad y su puritanismo, partieron, en último término, de movimientos ingleses de aquellos años. A partir de 1779 nacen los clubes y las asociaciones secretas, que invadieron todo el país; aspiraban a una revolución y enviaron, desde 1790, con los ministros Fox y Sheridan a la cabeza, felicitaciones, cartas y consejos a la Convención y a los jacobinos. Si la plutocracia inglesa dominante no hubiera sido mucho más enérgica que la cobarde corte de Versalles, la revolución habría estallado en Londres antes aún que en París. Los clubes parisinos, sobre todo los fuldenses y los jacobinos, con inclusión de sus programas, su ramificación por toda Francia y su táctica de agitación, no son sino copias de los ingleses, y éstos, a su vez, tradujeron el término francés citoyen, apelativo de sus miembros, por citizen; crearon el neologismo citizeness y adoptaron el lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad», así como la calificación de tiranos para los reyes. Desde entonces, y todavía hoy, ha sido y sigue siendo ésta la forma de preparar las revoluciones.

     Por aquellos días nació como medio para tal fin la demanda «general» de la libertad de prensa y de reunión, la exigencia nodular del liberalismo político, la voluntad de liberarse de los vínculos éticos de una antigua cultura, una demanda que no tenía nada de general y sólo era calificada de tal por los charlatanes y escribidores que vivían de ello y querían alcanzar los fines privados de semejante libertad. Pero la vieja sociedad, poseída por el esprit; la gente «ilustrada», los burgueses del siglo XIX, las víctimas de tal libertad por lo tanto, hicieron de ella un ideal que quedaba sustraído a toda crítica de lo que detrás de él se ocultaba. Hoy que tenemos a la vista no sólo las esperanzas del siglo XVIII sino también las consecuencias del XX, puede ya por fin hablarse sobre ello. Libertad ¿de qué?, ¿y para qué?. ¿Quién pagaba la Prensa y la agitación?. ¿Quién ganaba con ello?.

     Tales libertades han revelado en todas partes lo que son: medios del nihilismo para el allanamiento de la sociedad, medios del mundo abisal para inocular a la masa de las grandes ciudades aquella opinión —propia no la tiene— más prometedora de éxito para ese fin. Por eso esas libertades —y entre ellas también el sufragio universal— son de nuevo combatidas, suprimidas y trocadas en su antítesis en el momento mismo en que han llevado el poder a las manos de sus beneficiarios, y tanto en la Francia jacobina de 1793 como en la Rusia bolchevique y en la Alemania de 1918. ¿Cuándo hubo en Alemania más suspensiones de periódicos: en 1820 o en 1920? La libertad ha sido siempre la de aquellos que querían conquistar el poder, no suprimirlo.

     Ese liberalismo activo pasa lógicamente del jacobinismo al bolchevismo, lo cual no es una oposición entre el pensamiento y la voluntad. Es la forma temprana y la tardía, el principio y el fin de un movimiento unitario, el cual comienza precisamente alrededor de 1770 con tendencias sentimentales de «política social»: la estructura de la sociedad conforme a la clase y a la categoría ha de ser destruída; se quiere volver a la «Naturaleza», a la horda uniforme; las clases deben ser sustituídas por lo que no es de clase, el dinero y el ingenio, el escritorio y la cátedra, los contables y los escritores; en lugar de la vida llena de forma, la vida sin forma, sin maneras, sin deberes, sin distancia. Sólo alrededor de 1840 se convierte esa tendencia político-social en una tendencia «económica». En lugar de ir contra la gente distinguida se va contra la que posee, desde el agricultor al patrono. A los adeptos del movimiento no se les promete ya la igualdad de derechos, sino el privilegio de los que nada poseen; no la libertad para todos sino la dictadura del proletariado de las grandes ciudades, de la «masa obrera».

    Pero eso no supone una diferencia en la concepción del universo —ésta era y siguió siendo materialista y utilitaria—, sino sola y únicamente en el método revolucionario: la demagogia profesional moviliza otra parte distinta de los pueblos para la lucha de clases. Al principio, en 1770, se dirigió vacilante a los campesinos y a los trabajadores, tanto en Inglaterra como en Francia. Los cahiers [cuadernos] de los diputados del campo y de las pequeñas ciudades, de 1789, que habían de representar el «clamor de la nación», fueron redactados por profesionales del clamor, y en su mayor parte no fueron comprendidos por los electores. Esas clases entrañaban demasiada tradición arraigada para ser incondicionalmente utilizables como medio y arma. Sin el populacho de los arrabales del Este, el Terror no habría sido posible en París. Se necesitaban los puños siempre presentes de la gran ciudad. No es verdad que se tratara entonces de necesidades «económicas». Los impuestos y las contribuciones eran derechos de soberanía. El sufragio universal debía ser un golpe contra el orden social. De allí el fracaso de la Convención: los campesinos y los artesanos no eran, para los demagogos profesionales, un cortejo seguro. Poseían un sentimiento innato de la distancia. Tenían demasiado instinto y demasiado poca inteligencia urbana. Eran aplicados y habían aprendido algo; y, además, querían dejar su granja o su taller a sus hijos: los programas y los lemas no lograron eficacia duradera sobre ellos.

     Sólo alrededor de 1840 encontró la demagogia de Europa occidental, uniformemente progresista, oradora y escritora, un medio mejor para sus fines: la masa desarraigada que se reunía en las zonas carboníferas de Europa septentrional, el tipo del obrero al servicio de la industria. Hay que ver, por fin, claramente algo que ha permanecido totalmente oculto en la niebla de las luchas de los partidos políticos. No ha sido la «miseria económica» en la que el «capitalismo» habría sumido al «proletariado» la que ha conducido a la génesis del socialismo; ha sido la agitación profesional la que ha creado esta visión «consciente de su fin» de las cosas, lo mismo que antes de 1789 trazó el cuadro absolutamente falso de la miseria de la clase campesina, y ello exclusivamente porque esperaba reclutar entre ella su séquito incondicional. Y la burguesía culta y semiculta lo creyó y lo cree aún hoy en día.

     La palabra «trabajador» fue rodeada desde 1848 de una aureola, sin que se meditara su sentido y los límites de su empleo. Y la «clase trabajadora», que no existe en la estructura económica de ningún pueblo —pues ¿qué tienen que ver unos con otros el minero, el marinero, el oficial de sastre, el metalúrgico, el camarero, el empleado bancario, el gañán y el barrendero?—, se convierte en una realidad política, en un partido atacante que ha dividido a todos los pueblos Blancos en dos frentes, uno de los cuales tiene que mantener a un ejército de empleados del partido, oradores de mitines, periodistas y «representantes del pueblo» y verter su sangre por los fines privados de los mismos. Tal es el objeto de su existencia.

     La oposición de capitalismo y socialismo —palabras en cuya definición se ha esforzado en vano desde entonces una ingente literatura, pues las palabras vacías son indefinibles—, no se deriva de una realidad cualquiera, sino que es tan sólo una construcción estimulante. Marx la introdujo en las condiciones de la metalurgia inglesa, no la extrajo de ellas, y para ello tuvo que hacer abstracción de la existencia de todos los hombres que se ocupaban de agricultura, comercio, transporte y administración. Este cuadro de la época era tan ajeno a la realidad y a sus hombres que incluso teóricamente se ha separado el Sur del Norte: la frontera sigue aproximadamente la línea Lyón-Milán.

     En el Mediodía románico – dónde no se necesita gran cosa para vivir y se trabaja poco, donde no hay carbón y, por consiguiente, tampoco gran industria, donde racialmente se piensa y se siente de distinto modo, se desarrollaron las tendencias anarquistas y sindicalistas, cuya imagen optativa es la disolución de los grandes organismos nacionales en pequeños grupos sin Estado que se bastan a sí mismos, en enjambres de beduinos de la inacción. En cambio, al Norte, donde el riguroso invierno exige un más riguroso trabajo y lo hace tan posible como necesario, donde a la lucha contra el hambre se junta desde los tiempos más primitivos la lucha contra el frío, nacen, de la voluntad de poderío germánica, orientada hacia las grandes organizaciones, los sistemas del comunismo autoritario con su meta final de una dictadura proletaria sobre el mundo entero.

     Y sólo porque en el curso del siglo XIX las zonas carboníferas de esos países septentrionales ocasionaron una acumulación de hombres y de riqueza nacional de una magnitud inaudita hasta entonces, la demagogia logró en ellos y allende sus fronteras una muy distinta fuerza de choque. Los altos jornales del obrero de las fábricas alemanas y estadounidenses vencieron, precisamente porque no eran en absoluto «jornales de hambre», a los más bajos de los obreros de los campos meridionales, y sólo a consecuencia de esa superioridad «capitalista» de los medios de los partidos ha vencido el marxismo a las teorías de Fourier y Proudhon.

     La clase trabajadora campesina ha perdido todo interés para ellos. Tiene escaso valor como arma para la lucha de clases, ya porque no se halla constantemente a disposición en las calles y porque sus tradiciones de propiedad y de trabajo contradicen las intenciones de la teoría, siendo, por tanto, ignorada por las consignas del programa comunista. Burguesía y proletariado; esto sí se graba fácilmente, y cuanto más simple es el sujeto, menos advierte cuántas cosas quedan fuera de ese esquema.

     Toda demagogia estructura su programa conforme a aquella parte de la nación que espera movilizar para sus fines. En Roma fue, desde Flaminio a C. Graco, la clase campesina itálica, que quería tierras para labrarlas. De ahí el reparto de la región gala al Sur del río Po por el primero, y la demanda de reparto del ager publicus [tierra pública] por parte del segundo. Pero Graco sucumbió porque los campesinos, que habían acudido en masa a Roma para la votación, tuvieron que volver a sus casas para recoger las cosechas. Desde entonces, la demagogia del cuño de los Cinna y los Catilina contó con los esclavos y, sobre todo, en lugar de con los laboriosos jornaleros, como desde Cleón había sucedido en las ciudades griegas, con el populacho sin oficio ni beneficio, de toda procedencia, que vagaba por las calles de Roma y quería ser alimentado y divertido: panem et circenses. Precisamente porque a través de todo un siglo se desarrolló una reñida competencia, cada vez más costosa, por la conquista de tales masas, crecieron éstas en una proporción tal, que todavía después de César constituían un peligro para el régimen del Imperio mundial. Cuanto más inferior es un tal séquito, más útil es también.

     Por eso, desde la Commune parisina de 1871 el bolchevismo no ha intentado actuar tanto sobre el trabajador perito, laborioso y sobrio, que piensa en su oficio y en su familia, como sobre la canalla, hostil al trabajo, de las grandes ciudades, pronta en todo momento al asesinato y al saqueo. Por eso en Alemania, desde 1918 hasta los años del gran paro obrero, los partidos obreros gobernantes se han guardado muy bien de establecer una diferencia legal entre los sin trabajo y los vagos. Por entonces, con el socorro a los pretensos sin trabajo coexistió una falta de trabajadores, sobre todo en el campo, y nadie trató seriamente de impedirlo. Los subsidios para caso de enfermedad fueron abusivamente utilizados por millares de sujetos para eludir el trabajo. El paro obrero fue literalmente fomentado en sus comienzos por el marxismo. El concepto del proletario excluye la alegría de trabajar. Un obrero que sabe algo y está orgulloso de sus obras no se siente proletario. Estorba al movimiento revolucionario. Tiene que ser proletarizado y desmoralizado para ser aprovechable para él. Éste es el verdadero bolchevismo, en el que esta revolución alcanza su punto culminante, pero no, ni con mucho, su término.

     El hecho de considerar este bolchevismo como una creación rusa que amenazaría conquistar la Europa occidental, caracteriza la superficialidad del pensamiento de todo el mundo «Blanco». En realidad, nació en Europa occidental, y precisamente, con necesidad lógica, como última fase de la democracia liberal de 1770 y como último triunfo del racionalismo político, esto es, de la osadía de querer dominar la Historia con sistemas e ideales librescos. Su primera explosión de gran estilo fue, después de los combates de Junio de 1848, la Commune parisina de 1871, que estuvo a punto de conquistar toda Francia. Sólo el ejército lo impidió y también la política alemana, que apoyó moralmente al mismo. Entonces, y no en 1917 en Rusia, nacieron, de las circunstancias efectivas de una capital sitiada, los consejos de obreros y soldados que Marx, incapaz en las cuestiones prácticas, recomendó desde entonces como forma posible de un gobierno comunista. Por entonces fueron llevadas a cabo por vez primera las matanzas en masa de los adversarios, matanzas que costaron a Francia más vidas que toda la guerra contra Alemania.

     Entonces reinó en realidad no la clase obrera sino la canalla remisa al trabajo: desertores, delincuentes y proxenetas, literatos y periodistas, y entre ellos, como siempre, muchos extranjeros, polacos, judíos, italianos e incluso alemanes. Pero fue una forma específicamente francesa de revolución. De Marx no se habló para nada, y sí de Proudhon, de Fourier y de los jacobinos de 1792. Una laxa alianza de las grandes ciudades, esto es, de sus más bajas clases, debía someter y regir al campo y a las ciudades menores, idea típica del anarquismo romano. Algo análogo había intentado ya en 1411 el carnicero Caboche con el populacho de Paris, militarmente organizado. Y fue copiado en San Petersburgo en 1917 con un populacho «occidental» de la misma especie y con los mismos lemas. Pero el lado «asiático» de esa Revolución rusa, que por entonces apenas apareció y que todavía hoy no ha conseguido superar las formas comunistas occidentales del régimen soviético, tiene su expresión más temprana en el alzamiento de Pugachev (1772-1775), que se apoderó de toda la región superior del Volga y amenazó temporalmente a Moscú y con ello al zarismo.

     Los campesinos, poseídos de un entusiasmo religioso, y con ellos tribus enteras de cosacos, degollaron a cuantos representantes de la Rusia Petrina de formato «europeo» cayeron en sus manos: a los oficiales, a los funcionarios y, sobre todo, a los nobles de nuevo cuño. Lo mismo se habría hecho con los representantes de la burocracia soviética, y los descendientes de aquellos campesinos lo harían hoy gustosos y lo harán acaso realmente mañana. El odio contra ese régimen que piensa en sistemas extranjeros, odio contra el cual el Moscú de estos días se defiende cada vez peor, es muy antiguo y se remonta hasta las rebeliones de los streltsi contra Pedro el Grande. Los demócratas y los socialistas de Occidente no pueden concebirlo ni sentirlo. Surge aquí a luz la oposición entre el verdadero bolchevismo, latente en el fondo de todos los pueblos «Blancos», y del que forman parte aquella misma democracia y aquel mismo socialismo, y el odio que se acumula en todas las poblaciones «de color» del mundo contra la civilización Blanca en su totalidad, con inclusión de sus corrientes revolucionarias.

     Pero ¿cuál es desde 1770 y, sobre todo, desde 1848 la actitud de la «sociedad» de la civilización europea occidental, que en la Inglaterra actual se da a sí misma el nombre de clase media, y el de burguesía en el continente —pues también ha olvidado a los campesinos—, ante el hecho de esta revolución progresiva desde abajo, que desprecia y escarnece desde hace ya mucho tiempo su estadio previo liberal y sus libertades exigidas por la ilustración política, la libertad de Prensa, de asociación y de reunión y la del sufragio universal, después de haberlas aprovechado hasta las más extremas posibilidades de descomposición? Es un capítulo de escarnio el que aquí queda por referir al historiador futuro. Construída sobre los hechos primordialmente humanos de señorío, clase y propiedad, ha tolerado, «comprendido», festejado y apoyado el ataque nihilista contra ellos. Este suicidio intelectual fue la gran moda del siglo pasado.

     Hemos de asentarlo una y otra vez: esta sociedad, en la que precisamente ahora se cumple el tránsito desde la cultura a la civilización, está enferma, enferma en sus instintos, y por ello mismo también en su espíritu. No se defiende. Halla gusto en su escarnio y en su descomposición. Se descompone cada vez más desde mediados del siglo XVIII en círculos liberales, y luego, contradictoriamente, en una desesperada defensa contra ellos, en círculos conservadores.

     De un lado, hay un corto número de hombres que, merced a un seguro instinto de la realidad política, ven lo que sucede y adónde se va a parar e intentan impedir, mitigar y desviar; personalidades a la manera del círculo de los Escipiones, en Roma, cuyas opiniones sirvieron de base a Polibio para su obra histórica: Burke, Pitt, Wellington y Disraeli en Inglaterra; Metternich y Hegel y después Bismarck en Alemania, y Tocqueville en Francia. Intentaron defender los poderes conservadores de la antigua cultura: el Estado, la monarquía, el ejército, la conciencia de clase, la propiedad y a la clase campesina, incluso en lo que tenían de objetables, y son por ello tachados de «reaccionarios», palabra que ha sido inventada por los liberales y les es hoy a su vez aplicada por sus discípulos marxistas desde que intentan impedir las últimas consecuencias de sus actos; en esto consiste el tan alabado progreso. Del otro lado se encuentra casi todo lo que posee inteligencia urbana o, por lo menos, la admira como signo de superioridad actual y como poder en el futuro, en un futuro que es ya hoy pretérito.

     En ese círculo el periodismo es elevado a la categoría de expresión dominante de la época. Es el esprit crítico del siglo XVIII, aguado y rebajado para uso de las medianías; y no se olvide que el krinein griego significa separar, dividir y descomponer. El drama, la lírica, la filosofía y hasta las ciencias naturales y la Historia se convierten en artículos de fondo y folletones desmedidamente tendenciosos contra todo lo que es conservador e inspiró alguna vez respeto. El partido pasa a ser el sustitutivo liberal de la clase y del Estado; la revolución, bajo la forma de luchas electorales periódicas con todos los medios del dinero, del «ingenio» e incluso, según el modelo de los Gracos, de la violencia física, es elevada a la categoría de proceso constitucional; y el gobierno, como sentido y misión de la existencia del Estado, es, o bien combatido y escarnecido, o bien rebajado a la categoría de un negocio de partido.

     Se le otorga tolerancia a los poderes de la hez de las grandes ciudades, pero no se exige de ellos. Con sentimentalismo repulsivo, los nihilistas rusos y los anarquistas españoles son admirados por la «buena» sociedad de Europa occidental, festejados y paseados de un salón elegante en otro. En París y en Londres y sobre todo en Suiza se protege cuidadosamente no sólo su existencia sino su actividad subterránea. En la Prensa liberal retumban las maldiciones contra las cárceles en las que se consumen los mártires de la libertad, y no se oye ni una sola palabra a favor de los innumerables defensores del orden del Estado, hasta el simple soldado y el policía que, en el cumplimiento de su deber, han sido destrozados por la dinamita, asesinados o dejados inválidos.

     El concepto del proletariado, creado por teorizantes socialistas, con intención bien meditada, es aceptado por la burguesía. En realidad, no tiene nada que ver con los mil órdenes de trabajo penoso y perito —desde la pesca hasta la imprenta y desde el leñador hasta el maquinista que guía una locomotora—; es despreciado por los obreros laboriosos y peritos y sentido por ellos como un insulto, y debía servir tan sólo para incorporarlos al populacho, con el fin de subvertir el orden social. Sólo el liberalismo, utilizándolo como concepto asentado, ha hecho de él el centro del pensamiento político.

     Bajo el nombre de «naturalismo» nacieron una literatura y una pintura paupérrimas que elevaron la suciedad a la categoría de atractivo estético, y el pensar y el sentir ordinarios, de hombres ordinarios, a la de una concepción del universo. Por «pueblo» no se entendía ya la nación toda sino aquella parte de la masa ciudadana que se rebelaba contra tal comunidad. El proletario aparecía como héroe en el escenario de la burguesía, cada vez más estúpida, y con él la prostituta, el vago, el agitador y el delincuente. Desde ese momento se considera moderno y superior ver el mundo desde abajo, desde la perspectiva de las tabernas y las calles de mala fama.

     Entonces y en los círculos liberales de Europa occidental, no en Rusia de 1918, nació el «culto al proletario». Una figuración preñada de consecuencias, mitad mentira y mitad tontería, comenzó a apoderarse de los cerebros de la gente culta y semiculta. «El trabajador» pasa a ser el hombre propiamente dicho, el verdadero pueblo, el sentido y el fin de la Historia, de la política y de la preocupación pública. Se olvida que todos los hombres trabajan y, sobre todo, que hay otros que rinden un trabajo mayor y más importante: el inventor, el ingeniero, el organizador. Nadie se atreve ya a acentuar la categoría, la calidad de un rendimiento como criterio de su valor. Sólo el trabajo medido por horas se considera ya como tal. Y «el trabajador» es al mismo tiempo el pobre y el desgraciado, el desheredado, el hambriento y el explotado. Sólo a él se le aplican las palabras «trabajo» y «miseria».

     Nadie piensa ya en los campesinos de regiones poco fértiles, en sus malas cosechas, en los peligros del granizo y de las heladas, en la preocupación por la venta de sus productos, ni en la vida miserable de los artesanos pobres de las grandes zonas industriales, ni en las tragedias de los pequeños comerciantes, los pescadores, los inventores y los médicos, que tienen que luchar entre peligros y angustias por cada bocado del pan cotidiano y sucumben a millares sin que nadie lo advierta. Sólo «el trabajador» halla compasión. Sólo él es auxiliado, protegido y asegurado. Más aún, es elevado a la categoría de santo, de ídolo de la época. El mundo gira en torno suyo. Es el centro de la economía y el hijo predilecto de la política. Todos existen para él; la mayoría de la nación tiene que servirlo. Es lícito burlarse del campesino, rudo y estúpido; del empleado haragán y del tendero tramposo —para no hablar del juez, el oficial y el patrono, objetivos preferidos de chistes malignos—, pero nadie se atrevería a verter igual escarnio sobre «el trabajador». Todos los demás son haraganes; sólo él, no. Todos egoístas, menos él.

     La burguesía toda balancea el incensario ante este fantasma; todos, por mucho que rindan en su actividad personal, tienen que permanecer de rodillas ante él. Su existencia está por encima de toda crítica. Sólo la burguesía ha impuesto plenamente esta manera de ver las cosas, y los «representantes del pueblo», hábiles negociantes, viven de esta leyenda. La han contado tantas veces a los trabajadores asalariados que éstos han acabado por creerla verdadera y sentirse realmente maltratados y miserables, hasta perder todo criterio de su rendimiento y de su importancia.

     El liberalismo frente a las tendencias de la demagogia es la forma en que la sociedad enferma se suicida. Con esta perspectiva se desahucia a sí misma. La lucha de clases desarrollada contra ella, encarnizada y sin cuartel, la encuentra pronta a la capitulación política, después de haber ayudado a forjar las armas de su adversario. Sólo el elemento conservador, por débil que fuera en el siglo XIX, puede impedir el final en lo porvenir, y lo impedirá.–


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